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lunes, 6 de junio de 2016
LA ESCUELA DE ATENAS
http://www.abc.es/cultura/arte/abci-descubre-quienes-cada-personajes-acompanan-aristoteles-escuela-atenas-201605271730_noticia.html
lunes, 25 de abril de 2016
ESCUELA DE ATENAS
Rafael: La escuela de Atenas. Museos Vaticanos. 
1: Zenón de Citio o Zenón de Elea – 2: Epicuro – 3: Federico II Gonzaga – 4: Boecio o Anaximandro o Empédocles – 5: Averroes – 6: Pitágoras – 7: Alcibíades o Alejandro Magno – 8: Antístenes o Jenofonte – 9: Hipatia (pintada como Margherita o el joven Francesco Maria della Rovere) – 10: Esquines o Jenofonte – 11: Parménides – 12: Sócrates – 13: Heráclito (pintado como Miguel Ángel) – 14: Platón sosteniendo el Timeo (pintado como Leonardo da Vinci) – 15: Aristóteles sosteniendo la Ética – 16: Diógenes de Sinope – 17: Plotino – 18: Euclides o Arquímedes junto a un grupo de estudiantes (pintado como Bramante) – 19: Estrabón o Zoroastro? – 20: Claudio Ptolomeo – R: Apeles como Rafael – 21: Protógenes como El Sodoma

1: Zenón de Citio o Zenón de Elea – 2: Epicuro – 3: Federico II Gonzaga – 4: Boecio o Anaximandro o Empédocles – 5: Averroes – 6: Pitágoras – 7: Alcibíades o Alejandro Magno – 8: Antístenes o Jenofonte – 9: Hipatia (pintada como Margherita o el joven Francesco Maria della Rovere) – 10: Esquines o Jenofonte – 11: Parménides – 12: Sócrates – 13: Heráclito (pintado como Miguel Ángel) – 14: Platón sosteniendo el Timeo (pintado como Leonardo da Vinci) – 15: Aristóteles sosteniendo la Ética – 16: Diógenes de Sinope – 17: Plotino – 18: Euclides o Arquímedes junto a un grupo de estudiantes (pintado como Bramante) – 19: Estrabón o Zoroastro? – 20: Claudio Ptolomeo – R: Apeles como Rafael – 21: Protógenes como El Sodoma
lunes, 18 de abril de 2016
domingo, 17 de abril de 2016
TEXTOS DE EPICUREO
«Entonces, cuando afirmamos que el placer es el fin [telos],
no nos referimos a los placeres de los disolutos ni a los que se dan en las
juergas, como algunos por ignorancia creen o porque no están de acuerdo o
interpretan mal, sino a la ausencia de dolor en el cuerpo y de turbación en el
alma. Pues ni banquetes ni francachelas continuas, ni juergas con muchachos y
mujeres, ni el pescado ni todo cuanto puede ofrecer una suntuosa mesa, es lo
que hace dulce la vida, sino el cálculo juicioso que investiga los motivos de
cada elección o rechazo y elimina las opiniones por las cuales una fuerte
agitación se apodera de las almas. Principio de esto y el bien más grande es la
prudencia [phrónesis]. Consecuentemente, algo más apreciable incluso que la
filosofía es la prudencia, de la que nacen todas las demás virtudes: nos enseña
que no es posible una vida feliz sin ser prudente, bella y justa, ni tampoco
prudente bella y justa sin ser feliz». (Carta a Meneceo)DE, Vere Gordon, Qué
sucedió en la historia, Barcelona, Crítica, 2002, pág. 220.
«Estimamos la autarquía como un gran bien, no para que
debamos vivir siempre con lo poco, sino porque caso de no tener lo mucho, nos
contentemos con lo poco, absolutamente convencidos de que disfrutan de la
abundancia con más placer quienes tienen menos necesidad de ella, y de que lo
natural siempre es más fácil de conseguir y difícil lo superfluo. Los gustos
frugales aportan un placer semejante a una fastuosa dieta, una vez se ha
eliminado el dolor que produce la carencia: pan y agua producen el mayor placer
si se llevan a la boca cuando hay necesidad. Entonces, habituarse a un régimen
sencillo y sobrio proporciona la salud perfecta, hace resoluto al hombre en las
ocupaciones necesarias de la vida, nos dispone mejor cuando de tanto en tanto
nos acercamos a los lujos y nos torna impávidos ante el azar». (Carta a
Meneceo)
No pretendas que las cosas ocurran como tú deseas, sino
desea que ocurran tal como se producen, y serás siempre feliz.
El hombre de bien somete su voluntad al que gobierna el
universo, como los buenos ciudadanos lo hacen a la ley de su ciudad. (...)
Desear que se produzca lo que me place, puede no sólo no ser bello, sino ser lo
más horrendo que hay. (...) Instruirse consiste precisamente en querer que cada
cosa suceda como sucede. ¿Y cómo sucede? Como lo ha mandado el Ordenador.
Mostradme un estoico, si tenéis alguno. (...) Mostradme un
hombre enfermo y feliz, en peligro y feliz, moribundo y feliz, exiliado y
feliz, despreciado y feliz. (...) Es un alma lo que uno de vosotros debe
mostrarme, un alma de hombre que quiera conformarse con el pensamiento de Dios,
no proferir quejas contra Dios o contra un hombre, no caer en falta en sus
empresas, no chocar con los obstáculos, no irritarse, no ceder a la envidia o
los celos, sino hacerse un Dios abandonando al hombre, y en este cuerpo mortal
querer la sociedad de Zeus.
PARA PROFUNDIZAR EN EPICUREO
EPICURO
UNA FILOSOFIA
DE LA AMISTAD
UNA FILOSOFIA
DE LA AMISTAD
Por Jordi Puigdomènech
El sistema filosófico de Epicuro surge como una respuesta práctica para aquellos individuos
inquietos que buscaban el camino para alcanzar la felicidad y la
confianza en el ser humano. Eran tiempos de profunda crisis, tanto
política como moral, agitados por continuas guerras y
luchas por el poder; tiempos en los que la filosofía se erige como un
saber eminentemente práctico, que parte de una actitud reflexiva frente a
los males que aquejan a todos:
<< No hay que simular filosofar, sino filosofar realmente. Porque no necesitamos aparentar estar sanos, sino estar sanos realmente >>
El sabio es un ser autosuficiente,
que sabe dominarse a sí mismo y, por tanto, lleva una vida feliz -o
aproximadamente feliz-, en abierto contraste con el erudito que
únicamente acapara conocimientos o el ambicioso que sólo persigue la
riqueza. El epicureísmo es esencialmente un arte del buen vivir, basado
en la moderación de las necesidades y en el uso racional de la libertad:
<< El que quiera llevar una
vida libre no puede adquirir grandes riquezas, por no ser éstas asunto
fácil de conseguir sin tener que realizar a cambio servicios al vulgo o a
los poderosos. Pero el hombre libre ya lo posee todo en su misma
libertad >>
Epicuro propone, en primer lugar,
partir de un conocimiento de la realidad libre de temores infundados y
de falsas opiniones, ambos causa frecuente de perturbación del ánimo. La
única realidad que existe es la sensible, que es conocida por el
individuo a partir de los datos de los sentidos (materialismo). El alma
no es un ente espiritual o trascendente, sino material y corpóreo. Está
compuesta de átomos como el resto de la materia, pereciendo, por tanto,
cuando éstos se disgreguen tras la muerte del cuerpo. Con esta
afirmación, Epicuro acepta el atomismo de Demócrito.
La ética epicúrea y su concepto de hedoné
Una de las características esenciales
de la filosofía epicúrea es la subordinación de todo su sistema
filosófico a conclusiones de carácter moral. Los dos textos
fundamentales para estudiar la ética de Epicuro son la Carta a Meneceo y las Máximas Capitales , ambas recogidas por Diógenes Laercio en el libro X de su obra Vidas de filósofos ilustres .
La teoría epicúrea del conocimiento trataba del papel primordial que
ocupan los sentidos en el proceso del conocer, mientras que la física se
ocupaba del estudio de la materia, compuesta por átomos y vacío. Los
átomos están dotados de un movimiento desviatorio imprevisible - clinamen-
que es la causa de los choques y agrupaciones de átomos que, a su vez,
dan origen a la materia. Esta teoría física servía a los epicúreos para
evitar el determinismo y preservar así la libertad del alma, pues en
definitiva ésta se compone de átomos, como todo lo real. El período
helenístico fue un período de confusión y desorden, no sólo en el
terreno político, sino también en el terreno moral. Por ello, el
objetivo central de la filosofía epicúrea es la búsqueda de los medios
que pueden conducir al hombre a llevar una vida tranquila y feliz, de
ahí que la ética ocupe en ella el lugar central. La Carta a Meneceo
es un resumen de otros tratados de ética, perdidos para la posteridad.
Su primera parte es una invitación a la filosofía como fundamento de un
nuevo humanismo:
<< Nadie por ser joven dude
en filosofar, ni por ser viejo de filosofar se hastíe. Pues nadie es
joven o viejo para la salud del alma. El que dice que aún no tiene edad
de filosofar o que la edad ya le pasó, es como el que dice que aún no ha
llegado o que ya le pasó el momento oportuno para la felicidad >>
La aportación primera de Epicuro no
es propiamente la invitación a la filosofía porque a través de ella se
alcanza la felicidad, propuesta hecha ya anteriormente por otros
pensadores, sino el matiz profundamente pragmático que confiere al
filosofar, gracias al cual éste se convertirá en algo adecuado para
cualquier edad. En segundo lugar, Epicuro afirma que la base de la
felicidad es la obtención del placer y la evitación del dolor, porque el
placer - hedoné - es el principio - arché - y el fin - télos- de una vida feliz:
<< Y por esto decimos que
el placer es principio y culminación de la vida feliz. Al placer, en
efecto, reconocemos como el bien primero, a nosotros connatural; de él
partimos para toda elección y rechazo, y a él llegamos juzgando todo
bien con la sensación como norma >>
Epicuro distingue dos tipos de hedoné (placer):
el estable o catastemático y el móvil o cinético. El placer
catastemático es el que Epicuro señala como más importante, y se define
como la armonía que produce una ausencia de dolor no sólo en el cuerpo,
sino también en el alma. Esta armonía no es difícil de alcanzar, pues
basta con mantener un equilibrio en el aspecto físico de la persona y un
alma libre de vanas opiniones. Los placeres cinéticos son los propios
de los sentidos y posteriores a los placeres catastemáticos. Si un
hombre tiene hambre, al comer obtendrá un placer estable. Pero si
después de haber comido lo suficiente continúa ingiriendo alimentos
únicamente para deleitarse, entonces estará obteniendo un placer en
movimiento o cinético. Epicuro considera que el placer no es ilimitado;
pero como la carne es irracional - á-logos - el límite en la búsqueda y consecución del placer lo debe marcar la razón - diánoia -, evitando así los deseos desmesurados:
<< No aumenta el placer en
la carne una vez se anula el dolor por lo que nos faltaba, sino que
únicamente se diversifica (...) El límite de la grandeza de los placeres
es la eliminación del dolor >>
Pese a que Epicuro considera que los
placeres que proporciona el alma son superiores a los del cuerpo,
también afirma rotundamente que los primeros en ser atendidos deben ser
éstos: hay que eliminar el dolor de estómago que provoca el hambre antes
de poder gozar de otros placeres. Y en cuanto a los deseos, la
prudencia - phrónesis - es la que indicará al individuo cuáles deben de ser aceptados y cuáles rechazados. Epicuro distingue tres tipos de deseos:
I/ Naturales y necesarios: son los
que hacen referencia inmediata a la supervivencia y causan dolor si no
son atendidos de inmediato. Calmar el hambre, la sed y el frío son
deseos naturales y necesarios que, al ser eliminados, producen un placer
catastemático.
II/ Naturales y no necesarios: son
los que no aparecen como reacción al dolor, sino como variación del
placer. No producen dolor si no son satisfechos. Se limitan a provocar
placeres cinéticos y entre ellos se incluyen los placeres relativos al
sexo. Epicuro distingue entre la mera relación sexual - tá aphrodisía- que considera una necesidad natural del cuerpo, y el amor apasionado - eros- , altamente peligroso por ser motivo de desasosiego del alma.
III/ No naturales y no necesarios:
son el ansia de poder, fama, gloria y demás triunfos. Epicuro defiende
la posibilidad de abstenerse de toda vida política. El sabio no debe
aceptar cargos públicos y limitarse únicamente a acatar las leyes del
lugar en que vive. El epicúreo es un hombre libre, moderado, que quiere
vivir en paz gozando de los pequeños placeres que da la vida. Tal vez,
admite, no sea posible evitar los pequeños achaques y las enfermedades,
pero lo que sí es posible, gracias a la filosofía, es dominar las ansias
y ambiciones irracionales de poder, en algunos casos, y de placer, en
otros, que dominan el alma llenándola de angustias y terrores.
Los dioses de Epicuro
Tanto en la Carta a Meneceo como en las Máximas Capitales Epicuro habla de la necesidad
de evitar los temores del alma, y uno de ellos es el temor a los
dioses. Para el filósofo de Samos los dioses existen, aunque no hay que
temerles, pues viven plenos y felices en los espacios intercósmicos, sin
preocuparse para nada de los humanos. En consecuencia, niega la
existencia de la Providencia , es decir, la intervención de los dioses
en la vida de los seres humanos:
<< Los dioses existen, ya que el conocimiento que tenemos de ellos es evidente >>
<< Si los dioses prestaran
oídos a las súplicas de los hombres, pronto todos ellos hubieran
perecido, porque de continuo piden muchos males los unos contra los
otros >>
La evidencia de la existencia de los dioses se manifiesta en las anticipaciones - prolépseis- , que son las nociones impresas en el intelecto de todos los hombres. En el sueño y en la vigilia la mente capta los eídola o simulacra ,
emanados continuamente de los mismos dioses. Las anticipaciones de los
dioses no se obtienen, pues, por los sentidos, sino por la mente.
Epicuro acepta el culto a los dioses, pero no porque de su veneración
espere recibir recompensa alguna, sino porque la contemplación serena y
desinteresada de estos seres superiores, modelos de eterna felicidad,
produce alegría en los seres humanos. El mundo es, sin más, el producto
del casual movimiento de los átomos, sin destino ni dictado divino
alguno que cumplir, por lo que la práctica de la adivinación -muy
extendida en la época- carece de todo fundamento. Otro de los temores
que Epicuro trata de combatir es el miedo a la muerte. Según el filósofo
de Samos:
<< La muerte no puede ser
sentida (...) La muerte no afecta a los vivos ni a los muertos; no
existe para aquéllos, y éstos no existen para ella (...) Sin embargo, es
el más terrible de los males >>
De entre los temores que provoca la
muerte, dos pueden ser considerados como los más terribles: el miedo al
más allá y el miedo a la desaparición de la conciencia. La tradición
mítica había fomentado el miedo al más allá y a la aniquilación del
"yo", por lo cual Epicuro se enfrenta a ambas cuestiones, negando las
creencias populares sobre los premios y los castigos de ultratumba, por
un lado, y las tesis platónicas acerca de la inmortalidad del alma, por
otro. Para un epicúreo pensar en la muerte no tiene nada de espantoso,
ya que con ella desaparece para el ser humano toda posibilidad de
experimentar sensaciones, incluidas la del dolor y la del sufrimiento. Y
si la muerte no es un mal en el momento en que se presenta, mucho menos
debe serlo para aquél que únicamente piensa en ella. Lo que nos sucede
después de la muerte debe preocuparnos tanto como lo que nos sucedió
antes de haber nacido, es decir, nada en absoluto:
<< El recto conocimiento de
que la muerte nada es para nosotros hace dichosa la mortalidad de la
vida, no porque añada un tiempo infinito, sino porque elimina el ansia
de inmortalidad. Nada temible, en efecto, hay en el vivir para quien ha
comprendido que nada temible hay en el no vivir >>
La inmortalidad del alma no tiene
sentido para Epicuro, ya que ésta, al igual que el cuerpo, se halla
formada por átomos. Cuando los átomos del cuerpo se disgregan, lo mismo
sucede con los átomos más sutiles que constituyen el alma.
Epílogo: el epicureísmo, una filosofía de la amistad
El punto central de la ética de Epicuro es el placer - hedoné- , un placer moderado, entendido como ausencia de dolor. Dentro de este marco debe situarse la amistad - philía- ,
porque al cultivarla la vida humana se verá revestida del mayor placer y
felicidad. El significado que la amistad toma con Epicuro es universal,
independiente de la clase social a la que pertenezca el individuo:
<< La amistad va
recorriendo el universo como un heraldo que nos invita a la felicidad
(...) De todos los bienes que la sabiduría procura para la felicidad de
una vida completa, el mayor con mucho es la adquisición de la amistad >>
La amistad procura al hombre una
ayuda frente al aislamiento, en un mundo declaradamente extraño y
hostil. El epicúreo se retira al Jardín, desengañado de la sociedad de
la época, para dedicarse a la búsqueda del placer y al cultivo de la
amistad, auténticos guías en el camino hacia la felicidad.
IDEAS DE EPICUREO
Epicuro fue un filósofo griego que vivió
entre los siglos IV y III a.C. A los 35 años se estableció en Atenas,
donde fundó su propia escuela de filosofía conocida con el nombre de El
Jardín, famoso no sólo por la enseñanza de la filosofía, sino también
por el cultivo de la amistad y por la participación, no sólo de hombres
(como era normal en otras escuelas de filosofía en Grecia) sino también
de mujeres. Epicuro tenía una visión hedonista de la vida. La palabra
“hedonista” procede del vocablo griego hedoné, que significa placer. Y,
efectivamente, para Epicuro la felicidad se reducía al placer y a la
ausencia de dolor. Y es que, según Epicuro, todos los seres humanos
buscan mediante sus acciones lo mismo: evitar el dolor y alcanzar el
placer. La prueba de que algo es bueno es que produzca placer, y la
prueba de que algo es malo es que produzca dolor. Sin embargo, Epicuro
reconocía que esto no era tan sencillo, pues hay cosas o acciones, como
por ejemplo una borrachera, que pueden producir un placer inmediato,
pero luego la resaca pueden producir un dolor mayor. Igualmente hay
cosas, como por ejemplo preparar un examen de matemáticas un domingo por
la tarde, que pueden suponer dolor o sacrificio, pero que son
necesarias para alcanzar un placer o un bienestar mayor y más duradero
(la satisfacción de aprobar, por ejemplo, o la posibilidad de estudiar
la carrera que deseo). En estos casos, ¿qué es lo que debemos elegir?
Epicuro lo tenía bastante claro: hay que elegir siempre aquellas
acciones que nos reporten un placer mayor y más duradero y que nos
eviten la mayor cantidad posible de dolor. El secreto de la felicidad
está entonces en el sabio cálculo de las consecuencias que se siguen de
nuestras acciones, de cara a evitar la mayor cantidad posible de dolor y
alcanzar el placer más duradero. Hay que insistir en que, para Epicuro,
tan importante para la felicidad era alcanzar el placer como evitar el
dolor. De ahí que, según él, ni banquetes ni juergas constantes dan la
felicidad, si no van acompañados de la prudencia que no es otra cosa que
el sabio cálculo de las consecuencias que se siguen de cada acción.
Cuando Epicuro hablaba del placer no se
refería exclusivamente a los placeres materiales o del cuerpo, sino
también a los placeres espirituales o del alma, tales como los que se
siguen del cultivo de la amistad o de la práctica de la filosofía, que
eran placeres más duraderos y por tanto más deseables que los placeres
del gusto, del tacto o de la vista. Cuentan, por ejemplo, que en su
lecho de muerte y en medio de fuertes dolores, Epicuro tuvo aún fuerzas
para escribir a uno de sus discípulos las siguientes palabras: «Te
escribo estas líneas en este día feliz que es, sin embargo, el último
día de mi vida. Los dolores de estómago y de riñón me asaltan
continuamente, pero son compensados ampliamente por el placer del alma
al recordar nuestras pasadas conversaciones filosóficas». Igualmente, al
hablar de la ausencia de dolor, Epicuro pensaba no sólo en el dolor
físico (una enfermedad o un castigo físico), sino también en el dolor
espiritual o afectivo que nace de todas aquellas cosas que alteran la
paz del alma y nos hacen vivir intranquilos o insatisfechos. De ahí que
para Epicuro la felicidad consistía fundamentalmente en alcanzar un
estado de placer reposado y duradero donde las penas y las
preocupaciones que perturban nuestra paz quedasen diluidas. Por supuesto
que eso no quería decir que hubiera que renunciar a los placeres de la
buena mesa, del buen vino, etc., pero sí era necesario ordenarlos y
supeditarlos al máximo placer: el bienestar físico y espiritual
duradero. Epicuro usó una extraña palabra para referirse a ese estado de
paz y felicidad: ataraxia. La ataraxia de la que hablaba no era ni más
ni menos que un estado duradero de equilibrio, tranquilidad y serenidad
del alma, de bienestar físico y espiritual basado en un placer estable y
tranquilo, lejos de toda preocupación e inquietud.
Alcanzar la ataraxia era alcanzar la
verdadera felicidad. Pero ¿cómo lograrlo? Epicuro puso la filosofía al
servicio de ese fin con el objetivo de eliminar los miedos y los temores
que perturban el alma de los hombres y nos impiden vivir felices y
tranquilos.
Los miedos fundamentales, según Epicuro,
eran cuatro: a la muerte, al dolor físico, al destino y a los dioses.
Para evitar estos temores Epicuro propone el cuádruple remedio, el
tetrafarmakon. Veamos en qué consiste: Epicuro trató de combatir el
miedo a la muerte mediante un famoso argumento filosófico: «A la muerte
no hay que temerla, pues cuando estamos vivos no tenemos sensación de la
muerte y, por tanto, no la sentimos. Y cuando estamos muertos, no
tenemos sensación alguna y, por tanto, tampoco la sentimos». No hay que
temer al dolor corporal. Cuando es intenso dura poco y cuando dura más
tiempo es menos intenso. En ambos casos es soportable. Si el dolor fuese
muy intenso y duradero moriríamos. Pero a la muerte, fin de todo dolor,
no hay que temerla como ya vimos anteriormente. No debemos temer el
futuro. Nuestro destino no está "escrito", y si lo estuviera, no
podríamos saber qué sucederá. El cuarto miedo que Epicuro combatió fue
el miedo a los dioses, a sus enfados, castigos y represalias. Para ello,
Epicuro trató de convencer a la gente de que los dioses, en el supuesto
de que existan (pues Epicuro lo pone en duda), deberían de ser tan
perfectos que no se preocuparían por los insignificantes asuntos
humanos. Y mucho menos para castigarnos.
Epicuro recomendaba asimismo apartarse
de la política. La vida privada, tranquila, sin excesos, sin participar
en la agitación de la vida pública, dará las mejores condiciones para
alcanzar la felicidad. Así, la vida moral es fundamentalmente individual
y la única relación que se debe apreciar entre los individuos es la de
la amistad, una relación libre y natural. Tampoco era Epicuro muy
partidario del matrimonio.
EPICUREO Y LA MUERTE
“Acostúmbrate a pensar que la muerte nada es para nosotros, porque todo
bien y todo mal residen en la sensación y la muerte es privación de los
sentidos (…) La muerte, nada es para nosotros, porque cuando nosotros somos, la muerte no está presente,
y cuando la muerte está presente, entonces ya no somos nosotros”, sigue
discurriendo más adelante. Y se refiere al sabio como quien disfruta no
del tiempo más duradero, sino del más agradable.
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