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lunes, 6 de junio de 2016

LA ESCUELA DE ATENAS

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Descubre quiénes son cada uno de los personajes que acompañan a Aristóteles en «La escuela de Atenas»

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lunes, 25 de abril de 2016

FILOSOFA

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ESCUELA DE ATENAS

Rafael: La escuela de Atenas. Museos Vaticanos. https://farmacon.files.wordpress.com/2008/10/rafael_la-escuela-de-atenas_-grande_con_numeros.png
1: Zenón de Citio o Zenón de Elea – 2: Epicuro – 3: Federico II Gonzaga – 4: Boecio o Anaximandro o Empédocles – 5: Averroes – 6: Pitágoras – 7: Alcibíades o Alejandro Magno – 8: Antístenes o Jenofonte – 9: Hipatia (pintada como Margherita o el joven Francesco Maria della Rovere) – 10: Esquines o Jenofonte – 11: Parménides – 12: Sócrates – 13: Heráclito (pintado como Miguel Ángel) – 14: Platón sosteniendo el Timeo (pintado como Leonardo da Vinci) – 15: Aristóteles sosteniendo la Ética – 16: Diógenes de Sinope – 17: Plotino – 18: Euclides o Arquímedes junto a un grupo de estudiantes (pintado como Bramante) – 19: Estrabón o Zoroastro? – 20: Claudio Ptolomeo – R: Apeles como Rafael – 21: Protógenes como El Sodoma

lunes, 18 de abril de 2016

BENEFICIOS DE LA FILOSOFÍA


SÓCRATES Y LOS TRES FILTROS


domingo, 17 de abril de 2016

TEXTOS DE EPICUREO



«Entonces, cuando afirmamos que el placer es el fin [telos], no nos referimos a los placeres de los disolutos ni a los que se dan en las juergas, como algunos por ignorancia creen o porque no están de acuerdo o interpretan mal, sino a la ausencia de dolor en el cuerpo y de turbación en el alma. Pues ni banquetes ni francachelas continuas, ni juergas con muchachos y mujeres, ni el pescado ni todo cuanto puede ofrecer una suntuosa mesa, es lo que hace dulce la vida, sino el cálculo juicioso que investiga los motivos de cada elección o rechazo y elimina las opiniones por las cuales una fuerte agitación se apodera de las almas. Principio de esto y el bien más grande es la prudencia [phrónesis]. Consecuentemente, algo más apreciable incluso que la filosofía es la prudencia, de la que nacen todas las demás virtudes: nos enseña que no es posible una vida feliz sin ser prudente, bella y justa, ni tampoco prudente bella y justa sin ser feliz». (Carta a Meneceo)DE, Vere Gordon, Qué sucedió en la historia, Barcelona, Crítica, 2002, pág. 220.





«Estimamos la autarquía como un gran bien, no para que debamos vivir siempre con lo poco, sino porque caso de no tener lo mucho, nos contentemos con lo poco, absolutamente convencidos de que disfrutan de la abundancia con más placer quienes tienen menos necesidad de ella, y de que lo natural siempre es más fácil de conseguir y difícil lo superfluo. Los gustos frugales aportan un placer semejante a una fastuosa dieta, una vez se ha eliminado el dolor que produce la carencia: pan y agua producen el mayor placer si se llevan a la boca cuando hay necesidad. Entonces, habituarse a un régimen sencillo y sobrio proporciona la salud perfecta, hace resoluto al hombre en las ocupaciones necesarias de la vida, nos dispone mejor cuando de tanto en tanto nos acercamos a los lujos y nos torna impávidos ante el azar». (Carta a Meneceo)


No pretendas que las cosas ocurran como tú deseas, sino desea que ocurran tal como se producen, y serás siempre feliz.

El hombre de bien somete su voluntad al que gobierna el universo, como los buenos ciudadanos lo hacen a la ley de su ciudad. (...) Desear que se produzca lo que me place, puede no sólo no ser bello, sino ser lo más horrendo que hay. (...) Instruirse consiste precisamente en querer que cada cosa suceda como sucede. ¿Y cómo sucede? Como lo ha mandado el Ordenador.

Mostradme un estoico, si tenéis alguno. (...) Mostradme un hombre enfermo y feliz, en peligro y feliz, moribundo y feliz, exiliado y feliz, despreciado y feliz. (...) Es un alma lo que uno de vosotros debe mostrarme, un alma de hombre que quiera conformarse con el pensamiento de Dios, no proferir quejas contra Dios o contra un hombre, no caer en falta en sus empresas, no chocar con los obstáculos, no irritarse, no ceder a la envidia o los celos, sino hacerse un Dios abandonando al hombre, y en este cuerpo mortal querer la sociedad de Zeus.

PARA PROFUNDIZAR EN EPICUREO

EPICURO
UNA FILOSOFIA
DE LA AMISTAD
Por Jordi Puigdomènech

El sistema filosófico de Epicuro surge como una respuesta práctica para aquellos individuos inquietos que buscaban el camino para alcanzar la felicidad y la confianza en el ser humano. Eran tiempos de profunda crisis, tanto política como moral, agitados por continuas guerras y luchas por el poder; tiempos en los que la filosofía se erige como un saber eminentemente práctico, que parte de una actitud reflexiva frente a los males que aquejan a todos:
<< No hay que simular filosofar, sino filosofar realmente. Porque no necesitamos aparentar estar sanos, sino estar sanos realmente >>
El sabio es un ser autosuficiente, que sabe dominarse a sí mismo y, por tanto, lleva una vida feliz -o aproximadamente feliz-, en abierto contraste con el erudito que únicamente acapara conocimientos o el ambicioso que sólo persigue la riqueza. El epicureísmo es esencialmente un arte del buen vivir, basado en la moderación de las necesidades y en el uso racional de la libertad:
<< El que quiera llevar una vida libre no puede adquirir grandes riquezas, por no ser éstas asunto fácil de conseguir sin tener que realizar a cambio servicios al vulgo o a los poderosos. Pero el hombre libre ya lo posee todo en su misma libertad >>
Epicuro propone, en primer lugar, partir de un conocimiento de la realidad libre de temores infundados y de falsas opiniones, ambos causa frecuente de perturbación del ánimo. La única realidad que existe es la sensible, que es conocida por el individuo a partir de los datos de los sentidos (materialismo). El alma no es un ente espiritual o trascendente, sino material y corpóreo. Está compuesta de átomos como el resto de la materia, pereciendo, por tanto, cuando éstos se disgreguen tras la muerte del cuerpo. Con esta afirmación, Epicuro acepta el atomismo de Demócrito. 

La ética epicúrea y su concepto de hedoné
Una de las características esenciales de la filosofía epicúrea es la subordinación de todo su sistema filosófico a conclusiones de carácter moral. Los dos textos fundamentales para estudiar la ética de Epicuro son la Carta a Meneceo y las Máximas Capitales , ambas recogidas por Diógenes Laercio en el libro X de su obra Vidas de filósofos ilustres . La teoría epicúrea del conocimiento trataba del papel primordial que ocupan los sentidos en el proceso del conocer, mientras que la física se ocupaba del estudio de la materia, compuesta por átomos y vacío. Los átomos están dotados de un movimiento desviatorio imprevisible - clinamen- que es la causa de los choques y agrupaciones de átomos que, a su vez, dan origen a la materia. Esta teoría física servía a los epicúreos para evitar el determinismo y preservar así la libertad del alma, pues en definitiva ésta se compone de átomos, como todo lo real. El período helenístico fue un período de confusión y desorden, no sólo en el terreno político, sino también en el terreno moral. Por ello, el objetivo central de la filosofía epicúrea es la búsqueda de los medios que pueden conducir al hombre a llevar una vida tranquila y feliz, de ahí que la ética ocupe en ella el lugar central. La Carta a Meneceo es un resumen de otros tratados de ética, perdidos para la posteridad. Su primera parte es una invitación a la filosofía como fundamento de un nuevo humanismo:
<< Nadie por ser joven dude en filosofar, ni por ser viejo de filosofar se hastíe. Pues nadie es joven o viejo para la salud del alma. El que dice que aún no tiene edad de filosofar o que la edad ya le pasó, es como el que dice que aún no ha llegado o que ya le pasó el momento oportuno para la felicidad >>
La aportación primera de Epicuro no es propiamente la invitación a la filosofía porque a través de ella se alcanza la felicidad, propuesta hecha ya anteriormente por otros pensadores, sino el matiz profundamente pragmático que confiere al filosofar, gracias al cual éste se convertirá en algo adecuado para cualquier edad. En segundo lugar, Epicuro afirma que la base de la felicidad es la obtención del placer y la evitación del dolor, porque el placer - hedoné - es el principio - arché - y el fin - télos- de una vida feliz:
<< Y por esto decimos que el placer es principio y culminación de la vida feliz. Al placer, en efecto, reconocemos como el bien primero, a nosotros connatural; de él partimos para toda elección y rechazo, y a él llegamos juzgando todo bien con la sensación como norma >>

Epicuro distingue dos tipos de hedoné (placer): el estable o catastemático y el móvil o cinético. El placer catastemático es el que Epicuro señala como más importante, y se define como la armonía que produce una ausencia de dolor no sólo en el cuerpo, sino también en el alma. Esta armonía no es difícil de alcanzar, pues basta con mantener un equilibrio en el aspecto físico de la persona y un alma libre de vanas opiniones. Los placeres cinéticos son los propios de los sentidos y posteriores a los placeres catastemáticos. Si un hombre tiene hambre, al comer obtendrá un placer estable. Pero si después de haber comido lo suficiente continúa ingiriendo alimentos únicamente para deleitarse, entonces estará obteniendo un placer en movimiento o cinético. Epicuro considera que el placer no es ilimitado; pero como la carne es irracional - á-logos - el límite en la búsqueda y consecución del placer lo debe marcar la razón - diánoia -, evitando así los deseos desmesurados:
<< No aumenta el placer en la carne una vez se anula el dolor por lo que nos faltaba, sino que únicamente se diversifica (...) El límite de la grandeza de los placeres es la eliminación del dolor >>
Pese a que Epicuro considera que los placeres que proporciona el alma son superiores a los del cuerpo, también afirma rotundamente que los primeros en ser atendidos deben ser éstos: hay que eliminar el dolor de estómago que provoca el hambre antes de poder gozar de otros placeres. Y en cuanto a los deseos, la prudencia - phrónesis - es la que indicará al individuo cuáles deben de ser aceptados y cuáles rechazados. Epicuro distingue tres tipos de deseos:
I/ Naturales y necesarios: son los que hacen referencia inmediata a la supervivencia y causan dolor si no son atendidos de inmediato. Calmar el hambre, la sed y el frío son deseos naturales y necesarios que, al ser eliminados, producen un placer catastemático.
II/ Naturales y no necesarios: son los que no aparecen como reacción al dolor, sino como variación del placer. No producen dolor si no son satisfechos. Se limitan a provocar placeres cinéticos y entre ellos se incluyen los placeres relativos al sexo. Epicuro distingue entre la mera relación sexual - tá aphrodisía- que considera una necesidad natural del cuerpo, y el amor apasionado - eros- , altamente peligroso por ser motivo de desasosiego del alma.
III/ No naturales y no necesarios: son el ansia de poder, fama, gloria y demás triunfos. Epicuro defiende la posibilidad de abstenerse de toda vida política. El sabio no debe aceptar cargos públicos y limitarse únicamente a acatar las leyes del lugar en que vive. El epicúreo es un hombre libre, moderado, que quiere vivir en paz gozando de los pequeños placeres que da la vida. Tal vez, admite, no sea posible evitar los pequeños achaques y las enfermedades, pero lo que sí es posible, gracias a la filosofía, es dominar las ansias y ambiciones irracionales de poder, en algunos casos, y de placer, en otros, que dominan el alma llenándola de angustias y terrores. 

Los dioses de Epicuro
Tanto en la Carta a Meneceo como en las ximas Capitales Epicuro habla de la necesidad de evitar los temores del alma, y uno de ellos es el temor a los dioses. Para el filósofo de Samos los dioses existen, aunque no hay que temerles, pues viven plenos y felices en los espacios intercósmicos, sin preocuparse para nada de los humanos. En consecuencia, niega la existencia de la Providencia , es decir, la intervención de los dioses en la vida de los seres humanos:
<< Los dioses existen, ya que el conocimiento que tenemos de ellos es evidente >>
<< Si los dioses prestaran oídos a las súplicas de los hombres, pronto todos ellos hubieran perecido, porque de continuo piden muchos males los unos contra los otros >>
La evidencia de la existencia de los dioses se manifiesta en las anticipaciones - prolépseis- , que son las nociones impresas en el intelecto de todos los hombres. En el sueño y en la vigilia la mente capta los eídola o simulacra , emanados continuamente de los mismos dioses. Las anticipaciones de los dioses no se obtienen, pues, por los sentidos, sino por la mente. Epicuro acepta el culto a los dioses, pero no porque de su veneración espere recibir recompensa alguna, sino porque la contemplación serena y desinteresada de estos seres superiores, modelos de eterna felicidad, produce alegría en los seres humanos. El mundo es, sin más, el producto del casual movimiento de los átomos, sin destino ni dictado divino alguno que cumplir, por lo que la práctica de la adivinación -muy extendida en la época- carece de todo fundamento. Otro de los temores que Epicuro trata de combatir es el miedo a la muerte. Según el filósofo de Samos:
<< La muerte no puede ser sentida (...) La muerte no afecta a los vivos ni a los muertos; no existe para aquéllos, y éstos no existen para ella (...) Sin embargo, es el más terrible de los males >>
De entre los temores que provoca la muerte, dos pueden ser considerados como los más terribles: el miedo al más allá y el miedo a la desaparición de la conciencia. La tradición mítica había fomentado el miedo al más allá y a la aniquilación del "yo", por lo cual Epicuro se enfrenta a ambas cuestiones, negando las creencias populares sobre los premios y los castigos de ultratumba, por un lado, y las tesis platónicas acerca de la inmortalidad del alma, por otro. Para un epicúreo pensar en la muerte no tiene nada de espantoso, ya que con ella desaparece para el ser humano toda posibilidad de experimentar sensaciones, incluidas la del dolor y la del sufrimiento. Y si la muerte no es un mal en el momento en que se presenta, mucho menos debe serlo para aquél que únicamente piensa en ella. Lo que nos sucede después de la muerte debe preocuparnos tanto como lo que nos sucedió antes de haber nacido, es decir, nada en absoluto:
<< El recto conocimiento de que la muerte nada es para nosotros hace dichosa la mortalidad de la vida, no porque añada un tiempo infinito, sino porque elimina el ansia de inmortalidad. Nada temible, en efecto, hay en el vivir para quien ha comprendido que nada temible hay en el no vivir >>
La inmortalidad del alma no tiene sentido para Epicuro, ya que ésta, al igual que el cuerpo, se halla formada por átomos. Cuando los átomos del cuerpo se disgregan, lo mismo sucede con los átomos más sutiles que constituyen el alma. 

Epílogo: el epicureísmo, una filosofía de la amistad
El punto central de la ética de Epicuro es el placer - hedoné- , un placer moderado, entendido como ausencia de dolor. Dentro de este marco debe situarse la amistad - philía- , porque al cultivarla la vida humana se verá revestida del mayor placer y felicidad. El significado que la amistad toma con Epicuro es universal, independiente de la clase social a la que pertenezca el individuo:
<< La amistad va recorriendo el universo como un heraldo que nos invita a la felicidad (...) De todos los bienes que la sabiduría procura para la felicidad de una vida completa, el mayor con mucho es la adquisición de la amistad >>
La amistad procura al hombre una ayuda frente al aislamiento, en un mundo declaradamente extraño y hostil. El epicúreo se retira al Jardín, desengañado de la sociedad de la época, para dedicarse a la búsqueda del placer y al cultivo de la amistad, auténticos guías en el camino hacia la felicidad.

IDEAS DE EPICUREO

Epicuro fue un filósofo griego que vivió entre los siglos IV y III a.C. A los 35 años se estableció en Atenas, donde fundó su propia escuela de filosofía conocida con el nombre de El Jardín, famoso no sólo por la enseñanza de la filosofía, sino también por el cultivo de la amistad y por la participación, no sólo de hombres (como era normal en otras escuelas de filosofía en Grecia) sino también de mujeres. Epicuro tenía una visión hedonista de la vida. La palabra “hedonista” procede del vocablo griego hedoné, que significa placer. Y, efectivamente, para Epicuro la felicidad se reducía al placer y a la ausencia de dolor. Y es que, según Epicuro, todos los seres humanos buscan mediante sus acciones lo mismo: evitar el dolor y alcanzar el placer. La prueba de que algo es bueno es que produzca placer, y la prueba de que algo es malo es que produzca dolor. Sin embargo, Epicuro reconocía que esto no era tan sencillo, pues hay cosas o acciones, como por ejemplo una borrachera, que pueden producir un placer inmediato, pero luego la resaca pueden producir un dolor mayor. Igualmente hay cosas, como por ejemplo preparar un examen de matemáticas un domingo por la tarde, que pueden suponer dolor o sacrificio, pero que son necesarias para alcanzar un placer o un bienestar mayor y más duradero (la satisfacción de aprobar, por ejemplo, o la posibilidad de estudiar la carrera que deseo). En estos casos, ¿qué es lo que debemos elegir? Epicuro lo tenía bastante claro: hay que elegir siempre aquellas acciones que nos reporten un placer mayor y más duradero y que nos eviten la mayor cantidad posible de dolor. El secreto de la felicidad está entonces en el sabio cálculo de las consecuencias que se siguen de nuestras acciones, de cara a evitar la mayor cantidad posible de dolor y alcanzar el placer más duradero. Hay que insistir en que, para Epicuro, tan importante para la felicidad era alcanzar el placer como evitar el dolor. De ahí que, según él, ni banquetes ni juergas constantes dan la felicidad, si no van acompañados de la prudencia que no es otra cosa que el sabio cálculo de las consecuencias que se siguen de cada acción.
Cuando Epicuro hablaba del placer no se refería exclusivamente a los placeres materiales o del cuerpo, sino también a los placeres espirituales o del alma, tales como los que se siguen del cultivo de la amistad o de la práctica de la filosofía, que eran placeres más duraderos y por tanto más deseables que los placeres del gusto, del tacto o de la vista. Cuentan, por ejemplo, que en su lecho de muerte y en medio de fuertes dolores, Epicuro tuvo aún fuerzas para escribir a uno de sus discípulos las siguientes palabras: «Te escribo estas líneas en este día feliz que es, sin embargo, el último día de mi vida. Los dolores de estómago y de riñón me asaltan continuamente, pero son compensados ampliamente por el placer del alma al recordar nuestras pasadas conversaciones filosóficas». Igualmente, al hablar de la ausencia de dolor, Epicuro pensaba no sólo en el dolor físico (una enfermedad o un castigo físico), sino también en el dolor espiritual o afectivo que nace de todas aquellas cosas que alteran la paz del alma y nos hacen vivir intranquilos o insatisfechos. De ahí que para Epicuro la felicidad consistía fundamentalmente en alcanzar un estado de placer reposado y duradero donde las penas y las preocupaciones que perturban nuestra paz quedasen diluidas. Por supuesto que eso no quería decir que hubiera que renunciar a los placeres de la buena mesa, del buen vino, etc., pero sí era necesario ordenarlos y supeditarlos al máximo placer: el bienestar físico y espiritual duradero. Epicuro usó una extraña palabra para referirse a ese estado de paz y felicidad: ataraxia. La ataraxia de la que hablaba no era ni más ni menos que un estado duradero de equilibrio, tranquilidad y serenidad del alma, de bienestar físico y espiritual basado en un placer estable y tranquilo, lejos de toda preocupación e inquietud.
Alcanzar la ataraxia era alcanzar la verdadera felicidad. Pero ¿cómo lograrlo? Epicuro puso la filosofía al servicio de ese fin con el objetivo de eliminar los miedos y los temores que perturban el alma de los hombres y nos impiden vivir felices y tranquilos.
Los miedos fundamentales, según Epicuro, eran cuatro: a la muerte, al dolor físico, al destino y a los dioses. Para evitar estos temores Epicuro propone el cuádruple remedio, el tetrafarmakon. Veamos en qué consiste: Epicuro trató de combatir el miedo a la muerte mediante un famoso argumento filosófico: «A la muerte no hay que temerla, pues cuando estamos vivos no tenemos sensación de la muerte y, por tanto, no la sentimos. Y cuando estamos muertos, no tenemos sensación alguna y, por tanto, tampoco la sentimos». No hay que temer al dolor corporal. Cuando es intenso dura poco y cuando dura más tiempo es menos intenso. En ambos casos es soportable. Si el dolor fuese muy intenso y duradero moriríamos. Pero a la muerte, fin de todo dolor, no hay que temerla como ya vimos anteriormente. No debemos temer el futuro. Nuestro destino no está "escrito", y si lo estuviera, no podríamos saber qué sucederá. El cuarto miedo que Epicuro combatió fue el miedo a los dioses, a sus enfados, castigos y represalias. Para ello, Epicuro trató de convencer a la gente de que los dioses, en el supuesto de que existan (pues Epicuro lo pone en duda), deberían de ser tan perfectos que no se preocuparían por los insignificantes asuntos humanos. Y mucho menos para castigarnos.

Epicuro recomendaba asimismo apartarse de la política. La vida privada, tranquila, sin excesos, sin participar en la agitación de la vida pública, dará las mejores condiciones para alcanzar la felicidad. Así, la vida moral es fundamentalmente individual y la única relación que se debe apreciar entre los individuos es la de la amistad, una relación libre y natural. Tampoco era Epicuro muy partidario del matrimonio.
Sin embargo, el secreto más importante para alcanzar la felicidad consistía en reducir nuestros deseos y nuestras necesidades a lo indispensable, con el fin de alcanzar la autosuficiencia y evitar todas las preocupaciones e inquietudes que nacen en el alma cuando deseamos poseer o disfrutar aquello que no tenemos o que cuesta trabajo y sufrimiento alcanzar. En realidad, pensaba Epicuro, el ser humano necesita muy pocas cosas para ser feliz, pues sus verdaderas necesidades son escasas: comida, vestido, calzado, un techo bajo el que cobijarse y afecto sincero. Epicuro lo tenía claro: no es más feliz el que más tiene, sino el que menos cosas necesita.

EPICUREO Y LA MUERTE

“Acostúmbrate a pensar que la muerte nada es para nosotros, porque todo bien y todo mal residen en la sensación y la muerte es privación de los sentidos (…) La muerte, nada es para nosotros, porque cuando nosotros somos, la muerte no está presente, y cuando la muerte está presente, entonces ya no somos nosotros”, sigue discurriendo más adelante. Y se refiere al sabio como quien disfruta no del tiempo más duradero, sino del más agradable.