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miércoles, 20 de abril de 2016

DEMOCRACIA ATENIENSE

Texto sobre la democracia ateniense

“La Atenas del siglo V ofrece así el primer ejemplo adecuadamente documentado de un cabal gobierno popular. Tal carácter, sin embargo, no debe ser exagerado. En primer lugar las mujeres no tenían sitio en la vida pública. Las esposas de los ciudadanos estaban casi tan completamente recluidas como las mujeres de los países musulmanes en la actualidad, y desde el punto de vista jurídico se hallaban en peor situación que sus hermanas asirias y babilonias. En segundo lugar, la ciudadanía era ahora un privilegio hereditario del cual estaban rigurosamente excluidos los extranjeros residentes [metecos]. [...] Finalmente la industria se basaba en la esclavitud; hasta el pequeño campesino poseía por lo general uno o dos esclavos, y la mayoría de los empleados de las minas y fábricas y aún los policías eran esclavos. Si bien los ciudadanos laboraban en sus granjas, practicaban oficios, tomaban pequeños contratos de obras públicas, trabajaban como asalariados de sus conciudadanos y también en las minas, se procuraban ratos de ocio destinados a la política y a la cultura, en gran parte a costa de sus esposas, de los extranjeros carentes de participación en el gobierno y de los esclavos faltos de todo derecho.”

CHILDE, Vere Gordon, Qué sucedió en la historia, Barcelona, Crítica, 2002, pág. 220.
AGMA Ostrakon Aristide
Óstrakon para el ostracismo

lunes, 18 de abril de 2016

A PARTIR DEL MAPA




Escribe a partir del mapa, la narración de la Guerra del Pelopomesohttps://historiaeuropa.files.wordpress.com/2012/06/guerra-del-peloponeso.png

viernes, 15 de abril de 2016

Los tetes, la mejor marina de la antigüedad

Los tetes eran la clase social más baja de los ciudadanos en la antigua Grecia. En Atenas había cuatro niveles de ciudadanos según su poder económico y derechos. En cuarto y último lugar estaban a los tetes.
No poseían tierras propias y aunque podían votar no tenían opción de ser elegidos a cargos públicos. En época de guerra, los ciudadanos debían formar el ejército de sus polis. Los que tenían suficiente poder económico para costearse el equipamiento servían en la infantería como ‘hoplitas’, pero nuestros tetes, que no podían permitirse este material, debían servir de remeros en los barcos de guerra, formando la mayoría de la marinería de las famosas trirremes de Atenas. Estos barcos dominaron las batallas navales para Atenas frente a sus enemigos, los persas en las guerras médicas o los espartanos en las guerras del Peloponeso.
Remeros atenienses en una trirreme - Curiosidades de la Historia
Relieve con remeros en un trirreme griego del siglo IV a.C.

Pasar al ostracismo en la Grecia antigua

Hoy en día pasar al ostracismo es dejar de tener relevancia social, dejar de ser famoso o importante. Pero en la antigua Grecia las consecuencias eran algo mayores para el que lo sufría.
Sufrir ostracismo en Grecia significaba el destierro de tu ciudad o polis durante un tiempo determinado.

¿Cómo se decidía?

A mediados del primer milenio antes de cristo, los griegos querían evitar que algún ciudadano adquiriese demasiado poder, para ello los ciudadanos con derechos decidían, mediante votación, si algún personaje debía pasar o no al ostracismo. Para ello depositaban su “opinión” sobre un trozo de cerámica u “ostrakon“, pieza de donde obtiene el nombre.

Arístides o Temístocles no se libraron del ostracismo

Ejemplos fueron el de Arístides, hijo de Lisímaco y uno de los estrategas griegos en la decisiva batalla de Maratón contra los Persas, que fue condenado al ostracismo en el 482 a.C. por su enfrentamiento con Temístocles. Este decisivo general en las Guerras Médicas, tampoco pudo evitar tener su ostracismo en el 472 a.C. El uso de esta particular “justicia” finalizaría en el 417 a.C., ese año Hipérbolo tuvo el dudoso honor de ser el último griego enviado al ostracismo.
ostracismo griego Aristides - Curiosidades de la historia
Ostrakon que condenaba al ostracismo a de Arístides, hijo de Lisímaco

Arístides, el más justo de Atenas

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Quizás no hubo otro más integro en toda Grecia que Arístides, político, magistrado y estratega militar ateniense, fue clave en las más importantes batallas de las Guerras Médicas, como Maratón o Platea, en las que ejerció como estratega.
Sin embargo ser una persona tan importante en su polis no le valió para librarse del destierro, o quizás fue eso lo que le condenó. Un enfrentamiento con otro popular ciudadano ateniense, Temístocles, le valió en 482 c.C. pasar al ostracismo, método que tras una votación los ciudadanos decidían si un personaje debía ser desterrado de la polis. Precisamente por necesidad fue amnistiado en el 480 a.C., la segunda Guerra Médica le puso de nuevo al mando del ejército para derrotar a Jerjes I en la batalla de Salamina.

Arístides, el justo

Adquirió el sobrenombre de “el justo” debido a muchas cuestiones en las que obró con justicia. Precisamente en la votación para su ostracismo, uno de los ciudadano con derecho a voto pero analfabeto y que nunca le había visto, le pidió que escribiera su nombre. Este le preguntó que por que quería exiliarle, ante lo que el hombre respondió: “Estoy cansado que le llamen Arístides el justo” y Arístides escribió su propio nombre.

El canto de guerra de los hoplitas griegos

Una vez formados para la batalla, los hoplitas griegos, los mejores soldados del mundo antiguo, entonaban sus gritos de guerra, unas entonaciones para levantar el ánimo. Sabían que tras esto sólo vendría el todo o la nada, la vida o la muerte. Una señal de trompeta finalizaba esta muestra de unidad y los heroicos soldados se lanzaban contra el enemigo con grandes posibilidades de victoria.
Este grito característico de los helenos se conoce como “péan”, y tiene su origen en el Dios Apolo, si bien en sus inicios hacía más referencia a su poder ‘sanador’ que a la guerra. La derivación de Apolo también hacia lo militar provocó su uso para estos fines.
De origen muy antiguo, unos de sus principales valedores fue el poeta espartano Tirteo (s. VII a.C.), lo que ayudó a que se expandiera por toda Grecia.
“Una vez todo estuvo preparado, se colocaron en orden de batalla. Cuando hubieron entonado el pean y la trompeta hubo sonado, se lanzaron a la carrera los hoplitas disparando flechas, dardos, lanzas…” Anábasis libro V (14) (Jenofonte)

jueves, 14 de abril de 2016

Textos sobre la Primera Guerra Médica (490 a.C.)

Texto sobre la democracia ateniense

<<La Atenas del siglo V ofrece así el primer ejemplo adecuadamente documentado de un cabal gobierno popular. Tal carácter, sin embargo, no debe ser exagerado. En primer lugar las mujeres no tenían sitio en la vida pública. Las esposas de los ciudadanos estaban casi tan completamente recluidas como las mujeres de los países musulmanes en la actualidad, y desde el punto de vista jurídico se hallaban en peor situación que sus hermanas asirias y babilonias. En segundo lugar, la ciudadanía era ahora un privilegio hereditario del cual estaban riguramente excluidos los extranjeros residentes [metecos]. [...] Finalmente la industria se basaba en la esclavitud; hasta el pequeño campesino poseía por lo general uno o dos esclavos, y la mayoría de los empleados de las minas y fábricas y aún los policías eran esclavos. Si bien los ciudadanos laboraban en sus granjas, practicaban oficios, tomaban pequeños contratos de obras públicas, trabajaban como asalariados de sus conciudadanos y también en las minas, se procuraban ratos de ocio destinados a la política y a la cultura, en gran parte a costa de sus esposas, de los extranjeros carentes de participación en el gobierno y de los esclavos faltos de todo derecho.>>
CHILDE, Vere Gordon, Qué sucedió en la historia, Barcelona, Crítica, 2002, pág. 220.

lunes, 11 de abril de 2016

EL NUDO GORDIANO Y ALEJANDRO MAGNO

La expresión nudo gordiano se refiere a una dificultad que no se puede resolver, a un obstáculo difícil de salvar o de difícil solución o desenlace, en especial cuando esta situación sólo admite soluciones creativas o propias del pensamiento lateral. "Cortar el nudo gordiano" significa resolver tajantemente y sin contemplaciones un problema, es decir, que descubriendo la esencia del problema, podremos revelar todas sus implicaciones.

Esta expresión procede de una leyenda griega según la cual los habitantes de Frigia (actual Anatolia, Turquía) necesitaban elegir rey, por lo que consultaron al oráculo, respondiéndoles este que el nuevo rey vendría por la Puerta del Este acompañado de un cuervo que se posaría en su carro y que escogieran a este hombre como rey. Este hombre fue Gordias, un labrador que tenía por toda riqueza su carreta y sus bueyes. Cuando le eligieron rey fundó la ciudad de Gordio y, en señal de agradecimiento, ofreció al templo de Zeus su carro, atando la lanza y el yugo con un nudo cuyos cabos se escondían en el interior, tan complicado según cuenta la leyenda que nadie lo podía soltar, y que el que lo consiguiese conquistaría toda Asia.
Cuando Alejandro Magno (356–323 a. C.) se dirigía a conquistar el Imperio persa, en el 333 a. C., tras cruzar el Helesponto, conquistó Frigia, donde se enfrentó al reto de desatar el nudo. Solucionó el problema cortándolo con su espada. Esa noche hubo una tormenta de rayos que simbolizó, según Alejandro, que Zeus estaba de acuerdo con la solución, y dijo: «tanto monta cortar como desatar» ('da lo mismo cortarlo que desatarlo').

El lema personal de Fernando el Católico, “Tanto monta”, hace alusión a este nudo: «tanto monta cortar como desatar». Es decir, da igual cómo se haga, lo importante es que se consiga

sábado, 7 de noviembre de 2015

ALEJANDRO MAGNO VISTO POR LOS PERSAS

Alejandro Magno visto por los persas

Alejandro Magno (mosaico romano)
A quien visite las espectaculares ruinas de Persépolis, el lugar donde se encontraba la capital ceremonial del antiguo Imperio persa Aqueménida, le contarán tres hechos: que la ciudad fue construida por Darío el Grande, embellecida por su hijo Jerjes y destruida por aquel hombre.
Aquel hombre es Alejandro Magno, celebrado en la cultura occidental como conquistador del Imperio persa y como uno de los grandes genios militares de la historia.
En realidad, si uno lee algunos libros de historia occidentales podría llegar a la conclusión de que los persas existieron simplemente para ser conquistados por Alejandro.
Pero los persas ya habían sido derrotados por los griegos en dos invasiones fallidas, una llevada a cabo por Darío el Grande en 490 a.C. y otra por su hijo Jerjes diez años después. En ese sentido, el asalto de Alejandro fue una consecuencia lógica.
DESTRUCCIÓN DE PERSÉPOLIS
No obstante, visto a través de los ojos persas, Alejandro está muy lejos de parecer Magno.
Arrasó Persépolis después de una noche de borrachera, incitado por un cortesano griego, en venganza por la quema de la Acrópolis por el rey persa Jerjes.
Los persas lo responsabilizan de la destrucción de lugares religiosos en todo su imperio.
Los símbolos del zoroastrismo –la antigua religión de los iraníes- fueron atacados y destruidos. Para los sacerdotes zoroástricos aquello fue prácticamente una calamidad.
Ruinas de Persépolis (Irán)
La influencia de la cultura y la lengua griegas ha contribuido a establecer una narrativa en Occidente según la cual la invasión de Alejandro fue la primera cruzada para llevar la civilización y la cultura al Oriente bárbaro.
Pero la realidad es que el Imperio persa fue conquistado no porque necesitara ser civilizado sino porque abarcaba desde Libia hasta Asia Central y era el mayor imperio que el mundo había visto hasta ese momento.
Era, pues, un premio muy valioso.
ADMIRACIÓN POR LO PERSA
No obstante, los griegos sentían una gran admiración por el Imperio persa y por sus emperadores.
Al igual que los bárbaros que conquistaron Roma, Alejandro admiró lo que encontró, tanto que estuvo encantado de tomar el manto persa del Rey de Reyes.
Pero la admiración griega por lo persa se remonta a mucho antes que ese momento.
Jenofonte, el general y escritor ateniense, escribió un himno para Ciro el Grande –la Ciropedia- alabando al gobernante que había, según él, demostrado que un vasto territorio podía ser regido gracias a un carácter y una personalidad fuertes.
"Ciro fue capaz de penetrar un país inmenso gracias al puro terror que emanaba de su personalidad, que hacía que los habitantes se postraran ante él…", escribió Jenofonte.
Emperadores persas posteriores como Darío y Jerjes intentaron invadir Grecia y fracasaron. Sin embargo, es destacable que muchos griegos acudían a la corte persa.
Imperio Aqueménida
Imperio de Alejandro Magno
El más notable fue Temístocles, quien luchó contra el ejército invasor de Darío en la batalla de Maratón e ideó la victoria de los atenienses contra Jerjes en Salamina.
Desencantado con la política ateniense, emigró al Imperio persa y acabó encontrando trabajo en la corte, donde fue nombrado gobernador provincial y vivió el resto de su vida.
Con el tiempo, los persas se dieron cuenta de que podían conseguir sus objetivos en Grecia intentando enfrentar a las ciudades griegas entre sí, y durante la guerra del Peloponeso los persas financiaron a los espartanos contra los atenienses.
EL PRÍNCIPE JARDINERO
La figura clave en esta estrategia fue el príncipe persa y gobernador de Asia Menor Ciro el Joven, quien durante años cultivó una buena relación con los griegos hasta el punto de que cuando lanzó su apuesta por el trono persa reclutó a cerca de 10.000 mercenarios griegos.
Por desgracia para él, murió en el intento.
En un maravilloso relato, el general espartano Lisandro cuenta su visita a Ciro el Joven en la capital provincial, Sardis.
Lisandro narra cómo Ciro lo agasajó y le mostró su jardín amurallado, suparadeisos, origen etimológico del término paraíso.
Cuando Lisandro dijo que debería dar las gracias al esclavo responsable de tal obra, Ciro se rió y señaló que él mismo había trazado el diseño y había plantado algunos de los árboles.
Al ver la sorpresa del espartano, Ciro indicó: "te juro por Mitra que, si la salud me lo permite, nunca como sin haber trabajado y sudado, sin haber realizado alguna actividad relevante en el arte de la guerra o en la agricultura".
Impresionado, Lisandro aplaudió y agregó: "mereces tu buena fortuna, Ciro, porque eres un buen hombre".
Busto de Alejandro Magno
¿ALEJANDRO ARREPENTIDO?
Alejandro es muy probable que estuviera familiarizado con estas historias. El Imperio persa no era tanto algo que conquistar como un logro que conseguir.
Aunque los persas lo caracterizan como un destructor, un joven indómito e irresponsable, las pruebas indican que Alejandro mantuvo cierto respeto por los habitantes de los territorios conquistados y llegó a arrepentirse de la destrucción que causó su invasión.
Al ver la tumba saqueada de Ciro el Grande, al norte de Persépolis, se mostró compungido y ordenó que se reparara.
Si hubiera vivido más de 32 años, quizá hubiera restaurado mucho más.
Y quién sabe, quizá los persas se hubieran avenido a su conquistador macedonio, lo hubieran absorbido, como sucedió con otros, y lo hubieran incorporado a su historia nacional.
De hecho, en el gran poema épico persa, el Sahnameh, del siglo X d.C., Alejandro ya no es un príncipe completamente extranjero, sino hijo de madre persa.
Eso es un mito, pero quizá revela más verdad que las apariencias de la historia.
Como otros conquistadores que siguieron sus pasos, incluso el gran Alejandro fue seducido y absorbido por la idea de Irán.

LAS GUERRAS MÉDICAS

Darío I, rey de los persas
En el siglo V a.C., las principales ciudades-Estado griegas tuvieron que unir sus fuerzas para impedir la destrucción del mundo helénico. La lucha a vida o muerte contra el Imperio persa de los Aqueménidas llevó el caos y la destrucción al corazón de Grecia.

A mediados del siglo VI a.C., la pacífica evolución de las polis griegas quedó bruscamente interrumpida con la aparición de una nueva potencia militar: el Imperio de los Aqueménidas. Fundado por Ciro II, el reino formado por la unión de los medos y los persas consiguió en unas pocas décadas hacerse con el control de todo el Oriente Próximo, incluidas las ciudades y colonias griegas de Asia Menor y, de la mano de Darío I El Grande, acabó convirtiéndose en una amenaza para la Grecia continental.
Siguiendo el ejemplo de los reyes lidios, que nunca oprimieron a las ciudades jonias y evitando perturbar su fecundo influjo, Darío I  se mostró en un principio tolerante con las colonias griegas de Asia Menor. El apoyo de los persas al comercio fenicio puso freno a su desarrollo económico y, por ese motivo, los jonios terminaron sublevándose contra los persas.
Según Heródoto, todo comenzó en 500 a.C., cuando Aristágoras, tirano de Mileto, hizo un llamamiento a las ciudades griegas de Asia para que se alzaran contra la dominación persa. Aristágoras pidió también ayuda a los griegos de la metrópoli. Sólo Atenas, que envió una flota de 20 barcos, y Eretria, que aportó otros cinco, apoyaron a los insurrectos. La coalición griega se dirigió a Sares, capital de la satrapía persa de Lidia, y la redujo a cenizas. Consternado, el emperador persa Darío I ordenó a sus tropas perseguir a los rebeldes, siendo aniquilados en Éfeso. En el mar, por su parte, los griegos tomaron la iniciativa destruyendo a la flota fenicia aliada de los persas, pero fueron derrotados definitivamente en la batalla naval de Lade.
Tras el fracaso de la rebelión jonia, los persas reconquistaron una por una todas las ciudades rebeldes y, tras varios años de asedio, arrasaron con Mileto, capital de la rebelión. Como castigo a su osadía, los habitantes de la ciudad fueron deportados a Mesopotamia. De esta forma, la soberanía aqueménida volvía a restablecerse en la costa de Asia Menor.
Tras imponer su poder en Tracia y Macedonia, dos regiones de gran importancia estratégica para el control del mar Egeo, Darío I decidió devolver el golpe a las polis que habían apoyado a los rebeldes jonios y, para eso, organizó una expedición de gran envergadura con el principal objetivo de conquistar Atenas.
Imperio persa en el siglo V a.C.
La venganza de Darío I
Lejos de crear un frente común ante la amenaza persa, las polis se habían dividido entre partidarios y detractores de Persia. Incluso en Atenas, la lucha política provocó que, a principios del siglo V a.C., existieran grupos proclives a pactar una alianza con Darío I.
Temístocles, elegido arconte en 493 a.C., fue el primero en advertir del peligro que corría Atenas en el caso de producirse un ataque persa. Pero su idea de armar una gran flota y reforzar las defensas de la ciudad fue rechazada por los nobles conservadores. La inestabilidad política de Atenas y otras ciudades era bien conocida por Darío I y contaba con el apoyo de sectores griegos una vez que desembarcaran en territorio heleno.
Acrópolis de Atenas
Así 20 mil soldaodos persas se embarcaron en los puertos de Asia Menor dispuestos a conquistar Grecia. Entre ellos figuraba Hipias, último tirano ateniense que , tras su derrocamiento, encontró refugio en la corte persa. En el Egeo, la flota persa, dirigida por Artefernes, conquistó las islas Cícladas. Los soldados de Darío I desembarcaron en Eubea, destruyendo la polis de Eretria. Finalmente, los persas comandados por el general Datis, desembarcó en la costa oriental de Ática, en la llanura de Maratón, a 42 km de Atenas.
La ciudad se encontraba sola y en desigualdad frente al ataque persa. Esparta, líder de la Liga del Peloponeso, había prometido el envío de fuerzas, pero no llegaron a tiempo. Sólo Platea, aliada de Atenas, contribuyó con 1.000 hoplitas.
En la Asamblea ateniense, Milcíades, quien había regresado del exilio se había convertido en el líder de la oposición a Darío I. Explicó la imposibilidad de resistir un asedio prolongado y ordenó a las fuerzas atenienses a enfrentarse a los persas.
Tras dos largos días de espera, el general Datis dio la orden de reembarcar para atacar Atenas por mar. Milcíades, consumado estratega, formó entonces la falange y mandó el ataque frontal al enemigo. La poderosa caballería y los arqueros persas se habían visto sorprendidas y nada pudieron hacer contra los hoplitas; y tras un sangriento combate cuerpo a cuerpo, los atenienses lograron derrotar a los invasores persas.
Mapa de las Guerras Médicas
Embarcado con los restos de su ejército frente a las murallas de Atenas, el general medo observó con sorpresa el retorno de las tropas locales y la presencia de los refuerzos espartanos; y así, tras abandonar la idea del asalto por mar, el derrotado cuerpo expedicionario persa regresó a Asia.
Si la batalla de Maratón no supuso una solución definitiva al conflicto griego-persa, esta victoria sobre el ejército aqueménida sirvió de base a las reivindicaciones de Atenas relativas a la posición que le correspondía en el mundo griego.
Tras el fin de la Primera Guerra Médica, las luchas políticas regresaron a Atenas y, como consecuencia de éstas, una serie de destacadas personalidades, defensoras del antiguo régimen, tuvieron que abandonar la polis.

Tras ver desterrados a sus enemigos, Temístocles pudo realizar su programa naval. Los ciudadanos atenienses acomodados se unieron para financiar la armada. Con sus 180 barcos de guerra, Atenas superaba a las flotas conjuntas de Corinto y Egina y se convierte en la mayor potencia naval de la Hélade. Según Temístocles, el oráculo de Delfos había predicho que la victoria definitiva ante los persas llegaría por el dominio del mar.
En 481 a.C. los representantes de diversas polis, encabezadas por Atenas y Esparta, firmaron un pacto militar para organizarse ante un hipotético segundo ataque persa. En este supuesto, Esparta se encargaría de dirigir el ejército aliado. Hubo una tregua general en la Hélade y hasta los desterrados pudieron regresar a su patria.

La Segunda Guerra Médica

Tras la muerte de Darío I, subió al trono su hijo Jerjes. En los primeros años de su reinado, se ocupó de reprimir con dureza las revueltas que amenazaban con colapsar el Imperio -Egipto y Babilonia principalmente-. Una vez resuelta esta situación, retomó los planes que su padre había iniciado para intentar de nuevo la conquista de Grecia. La preparación de la invasión fue planificada cuidadosamente y, para permitir a su ejército y flota transitar rápidamente hacia Grecia, hizo tender puentes sobre el Helesponto y construir canales.
Batalla de las Termópilas (cuadro de David)
En junio de 480 a.C., el ejército aqueménida, comandado por el propio Jerjes, cruzó el Helesponto y seiguiendo la ruta costera se precipitó sobre la península. Las fuerzas griegas, conocedoras de su llegada, establecieron una línea de resistencia en el angosto paso de las Termópilas y, para impedir el ataque contra Ática, bloquearon con barcos el canal de Oreos. Tras cinco días de tensa espera, los persas lanzaron una ofensiva masiva contra las posiciones griegas en tierra. Sus primeros ataques resultaron infructuosos, pero gracias a una traición, consiguieron sorprender por la retaguardia a los griegos en el tercer día de batalla.
Temeroso de que la flota ateniense no pudiera escapar a tiempo del canal que hasta entonces protegía, Leónidas, rey de Esparta, ordenó la retirada de su ejército y, junto con 300 de sus guerreros, defendió hasta la muerte su posición en las Termópilas. Gracias a la heroica acción de Leónidas, la flota griega se salvó de su destrucción.
Los persas sufrieron graves pérdidas pero alcanzaron su objetivo: abrir las puertas de Grecia central. Bajo el mando del general Mardonio, el ejército aqueménida avanzó hacia el sur, arrasando a su paso con ciudades y templos y matando a toda la población que encontraban. Finalmente, Mardonio entró en Atenas, que había sido evacuada y ordenó incendiarla, en venganza por la destrucción de Sardes.
Valiéndose de una estratagema, Temístocles logró que los persas se decidiesen atacar a la flota griega en el golfo de Salamina. El estrecho donde aguardaban los atenienses resultó ser una trampa natural para la flota persa que, al no poder desplegarse, fue rodeada y destruida por las naves griegas. Jerjes, desde una colina, presenció impotente el desastre de su flota.
En la primavera del 479 a.C., Mardonio vuelve a la ofensiva en Ática y destruye nuevamente Atenas. Mientras tanto, Jerjes regresa a Asia. Las tropas griegas se reagruparon y, dirigidas por Pausanias, rey de Esparta, lograron derrotar a las fuerzas persas en la batalla de Platea.
La derrota persa en Platea y el hundimiento de sus últimas naves en Micala, provocó una nueva insurrección en las ciudades griegas de Asia Menor, poniendo fin al sueño de Jerjes de destruir el mundo helénico. Atenas y Esparta, las dos grandes vencedoras en el conflicto, se convirtieron desde entonces en las grandes potencias militares de Occidente. El poder marítimo ateniense y el terrestre de los espartanos estaban condenados a enfrentarse. La guerra entre ambos no tardaría en estallar.

Fuente. Historia Universal. El mundo griego, Editorial Sol 90, Barcelona, 2004

domingo, 18 de octubre de 2015

TESSARAKONTERES, el supercatamarán de la Antigüedad

Tessakonteres Aunque comparados con los superpetroleros y cruceros actuales serían realmente modestos, en otros tiempos no faltaron barcos que han pasado a la historia por sus excepcionales medidas, desmesuradas para lo que era habitual en sus respectivas épocas. No hace mucho que tratamos aquí la figura del navegante chino Zheng He y su gigantesco baochuán; hoy toca hacer otro tanto con un buque que aparte de su tamaño presentaba otra insólita característica: tener dos cascos, como los catamaranes de hoy en día. Era el fabuloso tessarakonteres.
Se trataba de un navío a remos -al mayor que ha existido en esa especialidad-, en el que el números de remeros superaba ampliamente lo acostumbrado; de hecho, se cuenta que en su viaje inaugural iban a bordo 4.000 remeros más otros 400 marineros y casi 3.000 soldados. Cantidades exorbitantes que sólo pueden explicarse al ver las medidas que apuntan las crónicas: 280 codos de eslora (unos 124 metros) por 38 de manga (casi 17 metros) y 48 de altura (21 metros).
Tessakonteres 1 Lo más curioso de semejante monstruo, que necesitaba de 4 timones de 45 metros de longitud para encauzar la dirección, es que estaba compuesto por dos cascos sobre los que se situaba la enorme plataforma que permitía transportar tanta tropa, como se aprecia en el modelo de la imagen anterior. También contaba con varios espolones de tamaño decreciente y las dos proas se decoraban con imponentes mascarones de 5 metros de alto cada uno, enriqueciendo así la rica decoración del conjunto, a base de pinturas y ramas vegetales.
El nombre genérico tessarakonteres, que significa cuarenta remos, resulta confuso y hay varias teorías al respecto, pero probablemente aluda a las filas de remos y la cantidad de servidores que tenía cada uno. Se supone que cada casco sería de 20 remeros por banda (40 en total, pues), teniendo en cuenta que, en este caso, el término remero no alude a una persona sino los individuos necesarios para manejar un solo remo (medían 18 metros) y contando con que se trataba de cascos trirremes, es decir, con tres filas de remos.
 En cualquier caso, no se trataría de un barco precisamente marinero. Su capacidad de movimientos tenía que ser forzosamente limitada, lenta y torpe, con más que probables problemas de coordinación. Por eso no hay noticias de que se llegara a usar jamás en guerra y limitara su navegación a alguna exhibición; tampoco se ha encontrado resto alguno, ni siquiera una representación gráfica. Únicamente tenemos noticia del tessarakonteres gracias a los escritos de algunos autores como Calixeno de Rodas, en su obra perdida Peri Alexandreias, cuya referencia recogieron Plutarco y Ateneo en sus respectivos Vida de Demetrio y Deipnosofistas. Gracias a ellos sabemos que fue Ptolomeo IV quien ordenó su construcción en el siglo III a.C. Era aficionado a ese tipo de juguetes, ya que también mandó hacer una especie de ostentoso palacio flotante con el que navegaba por el Nilo. Quizá la cosa le venía de familia, ya que era un Filópator, o sea, descendiente del general macedonio que se quedó con Egipto en el reparto que se hizo entre tras la muerte de Alejandro Magno; y éste había empleado unas embarcaciones similares en diseño -aunque más pequeñas- durante el asedio de la ciudad fenicia de Tiro (ilustración inferior).
Tessakonteres 4

viernes, 24 de abril de 2015

PERICLES Y LA DEMOCRACIA

En nuestros días, la mayoría de los países del mundo están gobernados por regímenes democráticos. Como todos sabemos, el origen de la democracia es muy antiguo, y se remonta a la antigua Grecia.
 
Surgió como una respuesta de la sociedad ateniense para resolver sus conflictos sociales.
Atenas era una de las más importantes ciudades-estado (llamadas Polis por los griegos) de la Antigua Grecia. A comienzo del siglo VI a.C. la sociedad ateniense atravesaba fuertes conflictos sociales y revueltas motivadas por la desigualdad de derechos políticos entre sus habitantes.  
Para intentar resolver el conflicto, el legislador Solón fue convocado y realizó en 595 a.C. una muy importantes reforma legislativa, conocida como las “reformas de Solón”. Solón subdividió la población en cuatro categorías diferentes según su riqueza. Cada grupo tendría determinados derechos para participar en el gobierno de la polis.
Esta reforma fue un importante avance hacia la democracia. Al reconocer derechos de acuerdo con las riquezas, los grupos sociales que no pertenecían a la aristocracia, pudieron ser parte del gobierno de Atenas.

A pesar de estos avances, los conflictos reaparecieron. En el 511 a.C., Clístenes impulsó una nueva reforma. Ahora, todos los ciudadanos tendrían  las mismas posibilidades de participación en la política de la polis.
La Asamblea se convirtió en la principal institución política de Atenas. En la Asamblea se reunían los ciudadanos, discutían las propuestas y tomaban las decisiones políticas más importantes.
Todos los ciudadanos atenienses tenían derecho a participar y a opinar, y entre ellos se sorteaban los jueces. Estaban excluidos de este derecho los menores de 18 años, las mujeres, los extranjeros y los esclavos.